Luna

Este artículo está escrito por Salvador Castillo Posada.

Siguiendo los hecho narrados en la primera parte, durante la tarde la tormenta aparentaba no querer amainar. No era muy fuerte, pero el frío hizo que todas las expediciones estuvieran reunidas en el salón-comedor del Refugio Poqueira, cerca de la chimenea. Hay muchas montañeras y montañeros, de expediciones tanto de pago como libres, el refugio está prácticamente lleno.

Siempre me ha encantado el ambiente de los refugios de montaña. Personas de cualquier parte, compartiendo lo que tienen con gente que no conoce, pero que tiene las mismas inquietudes e intercambian vivencias enriquecedoras y que pueden llenar tu mente de futuras aventuras.

Tras una ducha de agua caliente, en la cena, entablé conversación con varios aventureros. Se discutían los planes para el día siguiente. Hay muchas rutas posibles desde el Refugio Poqueira, y las que más sonaban eran “Alcazaba por Siete Lagunas” y “Mulhacén”.

No me decidía sobre qué hacer. Mis intenciones originales eran hacer Alcazaba y al día siguiente Mulhacén. Una expedición de 20 personas iría a Alcazaba. También un chico independiente como yo, llamado Adolfo. Decidí estudiar junto a él el plan. Quería analizar detenidamente la previsión meteorológica, las variantes de las rutas, el tiempo que me llevaría cada una y la viabilidad, en general, para los próximos 2 días. Si bien llevaba el GPS con el track descargado, para mi hay otras muchas cosas que hay que tener en cuenta.

Me fijé primero en las variantes para la ruta Alcazaba una ves se llega a 7 Lagunas. Las opciones son subir por “Culoperro” o por “Colaero”, que se descartó directamente por la inclinación tan brusca y la gran cantidad de nieve acumulada. También estaba el condicionante del tiempo de actividad, que sería mínimo 8.5 horas de ruta con un mínimo de 3.5 horas de nevada sobre nosotros. Todo acompañado de una niebla que no nos dejaría visibilidad para disfrutar de las vistas que ofrece la ruta. ­ También hablé un rato con mis nuevos compañeros cordobeses, quienes se disponían a subir el Mulhacén. Debido a la poca equipación que llevaban, les aconsejé que alquilaran material para el ascenso, mínimo unos crampones. Y me decidí por subir el Mulhacén con ellos al día siguiente.

El viernes 19 de Abril de 2019, me suena el despertador antes de las 6 de la mañana, y el refugio empieza a cobrar vida. Gente corriendo de un lado para otro, sacando las maletas ya preparadas de las taquillas. Algunos montañeros que no saben como llevar el piolet en la maleta sin que se les clave en alguna parte del cuerpo. Jefes de expediciones que no dejan de mirar el reloj, preguntando por su equipo. Entre todo el caos, fuera del refugio, una inmensa luna llena ilumina el cielo tanto que casi no se necesita linterna frontal. Son las 7:00 de la mañana y tenemos -2ºC de temperatura ambiente en la puerta del refugio. Aunque ha nevado durante toda la noche, hemos tenido mucha suerte, pues parece que el día se iniciará con cielo despejado. Al menos, por el momento.

Nos colocamos los crampones y la pareja cordobesa y yo nos ponemos en marcha dirección al río Mulhacén. Hoy llevo una mochila de ataque de 25 litros con material bien elegido para la ruta concreta que vamos a hacer. Iniciamos la marcha a buen ritmo, pero lo que empezó entre diversión y risas, cambiaría bastante en menos de 2 horas.

Al llegar al río, la chica comenta que no lleva guantes. Esto me hizo fijarme bien en la pareja, y tuve un golpe de realidad en lo que respecta a su equipamiento. Su vestimenta es deportiva, incluso para temperaturas frías, pero no para temperaturas tan bajas. No tenían ni bastones ni piolets. Carecían de polainas que evitarán humedecerle los pantalones y los calcetines. Viendo sus mochilas, pequeñas y casi vacías, pensé que seguramente llevaran ya puesto todo el abrigo que tenían y no dispondrían de más al llegar a las zonas altas donde nos azotaría el viento.

Refugio de la Caldera desde la cara oeste

Le presté a la chica mi único bastón tras ver su dificultad para progresar entre la nieve y las piedras congeladas del río. Tras 1.5 km de ruta la nieve ya encontramos algunas acumulaciones de nieve polvo hasta la rodilla. Tengo que ir abriendo huella.

La ascensión era lenta, pero el cielo estaba abierto y el día daba muy buenas vistas. Tenía ganas de más y más. Pronto estaríamos a media subida del río y pronto alcanzaríamos un pequeño rellano donde descansar antes de seguir subiendo. Pero los últimos 150 metros antes de llegar al rellano empezamos a bajar el ritmo. Me fijo en la chica, que se movía especialmente lento. No hablaba, apenas levantaba la cabeza, en ocasiones arrastraba el palo en vez de usarlo y paraba mucho a respirar. Algo iba mal.

Entre ánimos llegamos al descansillo. El sol empezaba a mostrarse por la cumbre de Puntal Loma Pelá. La chica se sentó y por fin dijo sus primeras palabras: “Tengo mucho frío”. Al fijarme en ella, estaba tiritando. Me pareció que tenía principio de hipotermia ya que temblaba casi espasmódicamente. Eché mi mochila rapidamente al suelo. Busque hasta encontrar lo que buscaba: parches de calor. Le entregué un parche para que lo metiera en el bolsillo y que lo agarrara con las manos. También le dejé unas bragas polares para el cuello. Su pareja, que parecía ajeno a todo lo que ocurría, empezó a hacer sentadillas y flexiones para entrar en calor. A lo que seguido de eso dijo: “Vamos cariño, subamos hasta donde hay luz para que entres en calor” señalando la cumbre del Puntal Loma Pelá a kilometro y algo con más de 600 metros de desnivel desde nuestra posición. Me quedé estupefacto ante tan incoherentes palabras, me dirigí a ella y le dije que a mayor altura en esta montaña, más frío. Que estaba empezando a sufrir hipotermia y que debía descender ahora mismo al refugio y ponerse cerca de la chimenea. Se hizo un silencio, sabía que no querían descender. Seguí intentando convencerlos: “El Mulhacén lleva aquí millones de años, seguirá estando aquí cuando queráis volver a coronar la cumbre”. Ambos se miraron y decidieron bajar con la equipación que les presté, quedándome yo sin bastón para ascender, aunque sabía que ella lo necesitaría más que yo. Más tarde en el refugio, me enteraría que otra expedición que encontraron bajando les prestaría aún más material de abrigo.

Continué mi camino solo el resto de la ascensión del río Mulhacen. La nieve en polvo del terreno a partir de aquí no bajaba de los 20-25 cm. Una pareja de catalanes iba delante mía y abrieron algo de huella hasta que pude alcanzarlos y me reuní con ellos. Seríamos los primeros en poner el pie en la cara oeste del Mulhacen. Aquí la capa de nieve aumenta, pero también es más dura. En cualquier caso, no se pueden apreciar ninguno de los senderos que suben la cara oeste. Pero yo ya he estado aquí antes varias veces y tengo ciertos conocimientos del lugar. Decidí empezar a abrir camino por el Collado del Ciervo, la ruta más próxima al barranco de la cara norte.

Me canso, avanzo muy poco, miro atrás y cada vez hay más gente en la cara oeste. Por debajo de mí, avanzan rápidamente siguiendo las huellas que ya están abiertas y cada vez más usadas. Me dejé adelantar por un par de compañeros de otras expediciones a unos 200 metros de la cumbre. Ya que yo les había hecho el trabajo hasta ahora, me pareció estupendo que abrieran ellos la huella hasta la cima. Finalmente, tras innumerables zig-zags en la nieve, llegaría en 3º lugar a la cima, tras una montañera murciana y un montañero vasco.

En aquel preciso instante la meteorología cambió bruscamente. Justo durante los segundos que tardamos en hacernos unas fotos, una densa niebla se hizo con la cumbre y se encapotó el cielo. La nube hizo bajar drásticamente la temperatura. La visibilidad se redujo a apenas 100 metros. Era el momento de usar toda la ropa de abrigo. En los siguientes 2 minutos, hablé con los pocos que estábamos en la cima para descender juntos por la loma sur de Mulhacen II, pero ninguno tenía claro el camino o querían esperar al resto de sus equipos. Decidí bajar solo, con el GPS en la mano, antes de que siguieran bajando las temperaturas.

Cima del Mulhacen

Empezó a nevar, la niebla era cada vez más densa. Los hitos del camino, casi cubiertos por la nieve, podían verse lo suficiente y eso me tranquilizó un poco, ya que no necesitaría depender del GPS para descender. El problema era otro: la nieve me llegaba como mínimo a la rodilla. Abrir huella era agotador. Intentaba andar por encima de las piedras siempre que podía. Nadie me seguía, iba totalmente solo. Continué varios metros más cuesta abajo sin ver aún la pista forestal que tengo de referencia. Finalmente encontré el distintivo que buscaba: un pluviómetro que se encuentra pegado a esta y que, ayuda a identificar por dónde comienza la bajada hasta el refugio. En un claro de la niebla, me asomé ilusionado a la pendiente final y allí estaba a lo lejos, a poco más de 1 kilómetro de mi, el Refugio Poqueira.

Quizá fuera por lo rápido que empecé a descender por la intensa bajada, quizá comenzaba a estar cansado, o simplemente no pisé bien pero, rompí una de las correas metálicas de mis polainas y fue a enredarse al crampón del pie opuesto en medio de la pendiente, lo que me hizo tropezar y tener que parar con la nieve hasta los tobillos para arreglarlos, ya que, al tirar la poláina del crampón, se había abierto un eslabón y quedaron colgando algunos dientes. Me quité el guante y amarré como pude la poláina, eso fue fácil, pero arreglar el crampón a golpe de roca y dedos fue algo más costoso. Decidí andar sin él en vano. A los pocos metros y después de resbalar de varias rocas heladas cubiertas por nieve, decidí parar un rato a arreglarlo hasta que lo conseguí.

A las 13:30 aproximadamente llegué al refugio, justo cuando comenzó a nevar con fuerza. Una nevada que no pararía hasta el día siguiente. Al entrar en el salón, varios montañeros que conocí el día anterior me dieron la bienvenida, dándome la noticia de que había regresado el primero de todas las expediciones que habían salido ese día. Pregunté por los cordobeses, y me contaron que llegaron bien y que decidieron bajar directamente de vuelta a Capileira pocas horas después de su llegada. También me explicaron que la mitad de los que fueron a La Alcazaba se dieron la vuelta al poco tiempo debido a complicaciones con la ruta..

Aún no había noticias del resto de gente a la que les han pillado la creciente tormenta de nieve…

Este artículo está escrito por Salvador Castillo Posada.